Surge una nueva Evita en Argentina

Cuando se declaró la victoria el 27 de octubre, los dos monumentales retratos de diez pisos de Eva Duarte de Perón que cuelgan sobre la avenida 9 de Julio en Buenos Aires se encendieron contra el cielo nocturno. Era la primera vez que brillaban desde que Cristina Fernández de Kirchner dejó la presidencia en 2015.

Había ocurrido un milagro peronista, y lo que había parecido impensable durante los cuatro años que su partido pasó en la oposición se volvió real: los votantes argentinos coronaron a Cristina Kirchner nuevamente como su reina política. Pese a los once casos de corrupción acumulados en su contra, la expresidenta que estuvo en el poder durante dos mandatos regresó a la cima del poder, esta vez tras postularse como vicepresidenta al lado de Alberto Fernández, un antiguo aliado (y también antiguo rival) que se alzó con la presidencia.

“No llores por mí Argentina”, dice la canción del musical Evita. En efecto, las lágrimas, el drama y la nación argentina han sido inseparables desde que la vida de Evita, como llamaban a Eva Perón sus admiradores, se volvió el tema de un exitoso espectáculo de Broadway. Aproximadamente tres décadas antes, como la primera dama de Argentina, Eva ejerció una gran influencia política no solo como la defensora de los pobres, sino también como la esposa fashionista del general Juan Domingo Perón, el presidente.

Bajo el mandato de los Perón, la polarización entre los partidarios y los opositores se apoderó de la conciencia política del país. Una división similar surgió durante la presidencia de Cristina Fernández de Kirchner, de 2007 a 2015; al día de hoy, esta “grieta” todavía domina la conversación nacional.

Desde Evita, ninguna mujer había concentrado tanto poder durante tanto tiempo —ni había marcado tanto en el presente del país— como Cristina. Los paralelos son evidentes, y Cristina parece disfrutar al invocarlos. Ambas mujeres empezaron como primeras damas ambiciosas y activas antes de elevar sus estatus junto con sus esposos. Para Cristina, cuyo esposo y predecesor fue Néstor Kirchner, la política ha sido una cruzada profundamente personal, marcada a fuego entre los que la aman y la odian.

La devoción a su esposo, que Evita Perón convirtió en el núcleo de su propia imagen, fue crucial para el ascenso de su poder. “Todo lo que soy, todo lo que tengo, todo lo que pienso y todo lo que siento es de Perón”, dijo Evita sobre su esposo en La razón de mi vida, su autobiografía.

Evita personificó el papel conservador de la mujer que considera el matrimonio como algo sagrado y a su esposo como una entidad divina. Esta perspectiva nutre la actitud de superioridad de Fernández de Kirchner ante otras mujeres en el poder; durante su campaña, menospreció a María Eugenia Vidal, la exgobernadora de la provincia de Buenos Aires, quien es divorciada, por su estado civil.

En las memorias que publicó este año, Sinceramente, Fernández de Kirchner insinúa que el presidente Mauricio Macri y su esposa (quienes se divorciaron de parejas anteriores y volvieron a casarse) no encajan con la imagen de la familia perfecta que es vendida al público. Hizo comparaciones con su propia unión con Néstor Kirchner, que fue el primer y único matrimonio para ambos y duró 35 años, hasta que él falleció en 2010.

Últimamente, Fernández de Kirchner ha ampliado sus puntos de vista sobre temas relacionados con el feminismo. Durante su presidencia de casi una década, se opuso a la legalización del aborto. Cuando la prensa le preguntaba que qué opinaba de las cuestiones de género y si era feminista, su famosa respuesta era: “no, soy peronista”.

Cuando el movimiento popular a favor de los derechos de las mujeres Ni Una Menos comenzó en 2015 con una enorme manifestación callejera en contra del aumento de los feminicidios, Cristina era presidenta en funciones. Después escribió que consideraba a Ni Una Menos una fuerza opositora. Luego, en 2018, al parecer conmovido por el revuelo mundial de los movimientos Ni Una Menos y #MeToo (#YoTambién), Macri abrió un debate nacional sobre una propuesta de ley que permitía el aborto. En esta ocasión, Fernández de Kirchner, acaso entusiasmada por su papel de gran dama progresista en la oposición, votó a favor de la legalización.

La expresidenta y hoy vicepresidenta entiende la dinámica del poder mejor que nadie en la Argentina. Si Evita, cuya muerte prematura a causa del cáncer alimentó el mito en torno a su persona, fue venerada como defensora de los oprimidos, Cristina basa su atractivo como figura pública en la imagen de la viuda tenaz que puede sobrevivir a todo: la muerte de Néstor Kirchner, las acusaciones de corrupción, la lista creciente de traidores. De hecho, Alberto Fernández, el presidente, se convirtió en su adversario cuando abandonó el cargo de jefe del gabinete de Cristina en 2008 para organizar un nuevo peronismo sin ella.

Por un tiempo, Alberto Fernández, junto con otros enemigos políticos de Cristina, se propuso socavarla ferozmente, desacreditándola a ella y también a su coalición en mítines políticos y en programas de televisión. Sin embargo, el poder de Fernández de Kirchner, la “señora”, no se tambaleó. Ella mantiene el control del 35 por ciento de la base de votantes, y los habitantes de bajos ingresos de los suburbios densamente poblados de Buenos Aires son sus partidarios más fervientes. Si no puedes contra ellos, úneteles. Así que Alberto Fernández regresó a rendirle pleitesía a Cristina.

Maestra del drama al igual que Evita, Cristina se ha reinventado como escritora. Es una estrategia que muestra cómo considera que sus acciones se ven reflejadas en el espejo de la historia. La gira para promocionar su libro, Sinceramente, fue su campaña más reciente, y en esos eventos se le vio firmando ejemplares y hablando directamente con sus fieles admiradores.

El mundo de Cristina Kirchner está moldeado por la lucha entre las fuerzas del mal y los guardianes del bien (estos últimos son siempre team Cristina). Desde su perspectiva, está atrapada en una batalla contra las extralimitaciones legales y su persecución en los tribunales —a cargo de sus enemigos políticos— solo busca destruir el país. Al disputar las investigaciones de corrupción, sigue retratándose como una defensora del pueblo, una guerrera con un estatus mítico parecido al de Evita. Para Cristina, es un conflicto que, por naturaleza, la mantiene en el poder.

Al enfrentar tantos obstáculos para regresar al poder, Cristina Fernández de Kirchner proporcionó una respuesta a una pregunta crucial que se hace el feminismo en la actualidad: ¿qué hacemos con los hombres? Ella ha optado por convertir a su esposo en un mártir peronista. En este aspecto, Cristina Kirchner ha seguido los pasos de Juan Perón, no de Evita. Néstor Kirchner se ha transformado en una figura casi religiosa —de manera muy similar a como el general Perón transformó a su propia esposa en un icono— a fin de que Cristina pueda ponerse a trabajar. Es su manera de decir: “Adiós, Néstor. Ahora gobierno yo”.

¿Cuánto tiempo durará la ilusión?